Un antimanual en construcción

EL ANTIMANUAL
De un sueño a una plaza que construimos entre todos.
La experiencia de la Plaza Herminio Giménez

Todos esperan un manual. Nosotros empezamos con un sueño.

Cuando nos preguntan cómo hicimos para transformar la Plaza Herminio Giménez, muchas personas esperan una fórmula. Un paso a paso que puedan seguir para llegar al mismo resultado.

Pero la realidad es que somos un poco el antimanual: empezamos sin tener todas las respuestas. Fuimos haciendo, aprendiendo, equivocándonos y ajustando sobre la marcha.

Hoy estamos caminando hacia un nuevo desafío: convertir lo que logramos construir en un sistema que pueda sostenerse e inspirar a otras comunidades.

Para explicar cómo llegamos hasta acá, tenemos que volver al principio.

Y al principio hubo un sueño.

Suena romántico, ¿no? Pero pensemos en algo más cotidiano: viajar a ese lugar paradisíaco que tenemos guardado en el celular.

Podemos seguir mirando la foto o empezar a hacer algo para llegar. Trabajar un poco más, ahorrar, reorganizar prioridades… o tener fe en ganar un sorteo. Aunque, incluso para eso, hay que participar.

Todo sueño necesita un movimiento.

Y para dar ese primer paso, rara vez tenemos todo resuelto. No sabemos exactamente cómo vamos a llegar, cuánto nos va a costar ni qué obstáculos van a aparecer.

Pero podemos decidir, actuar y confiar en el proceso, con la disposición de aprender y corregir el rumbo.

En ese camino también hay algo que entregamos: tiempo, dinero, trabajo, conocimiento. Algo nuestro que ponemos al servicio de eso que queremos hacer realidad.

Con la plaza pasó exactamente eso.

Primero imaginamos lo que podía ser. Pero llegó un momento en que tuvimos que hacernos una pregunta incómoda:

¿Estamos dispuestos a poner algo nuestro para que esto empiece a pasar?

En nuestro caso, esa pregunta fue muy concreta: ¿estamos dispuestos a poner dinero para dar el primer paso, aun sin saber si alguien más se va a sumar?

La respuesta fue sí.

La primera acción fue particular. Una inversión en la confianza. Una semilla. Un movimiento. Todavía no había garantías de nada.

Ahí empezó la magia: alguien decidió dar el primer paso.

Esa acción hizo visible lo que hasta entonces era solamente una idea. Y cuando los demás pudieron ver que algo estaba cambiando, empezaron a imaginarse como parte de ese cambio.

La semilla empezó a echar raíces.

Una persona aportó. Otra se acercó. Otra ofreció su trabajo, sus contactos o su tiempo. Cada gesto abrió una nueva posibilidad.

Lo que había empezado como el sueño de unos pocos se fue convirtiendo en una construcción compartida.

Porque, cuando el esfuerzo busca el bien común, sus frutos llegan mucho más lejos: al niño que juega, al vecino que vuelve a salir de su casa, a la familia que encuentra un lugar donde quedarse un rato más.

Y también aparece algo que no se puede comprar ni instalar: el sentido de pertenencia.

La plaza empieza a sentirse nuestra. Y con esa pertenencia llega la responsabilidad de cuidarla.

Muchos miran nuestra plaza y ven las marcas que nos acompañan. Pero detrás de esas marcas hay personas: familias, amigos, contactos y también gente que no conocíamos, que se acercó porque lo que estaba pasando le inspiró a participar.

En Paraguay, muchos tenemos esas redes. Conocemos a alguien, tenemos un amigo, un familiar, una persona a quien podemos contarle una idea o pedirle una mano. Eso, por sí solo, no nos hace diferentes.

La diferencia empieza cuando nos animamos a activar esos vínculos para construir algo en común.

Cada persona puede aportar desde un lugar distinto. Alguien puede financiar una mejora; otro, ofrecer su trabajo; otro, acercarnos a quien puede ayudar. Todos esos aportes hacen que el proyecto avance.

En nuestro caso, el primer movimiento abrió esas conversaciones. Pudimos mostrar algo que ya estaba empezando a pasar e invitar a otros a ser parte.

Así fue creciendo la confianza: una persona se sumó, otra vio lo que juntos podíamos hacer y decidió sumarse también.

Entonces, si nos preguntaran: “¿Lo primero que tenemos que hacer es salir a buscar marcas?”, yo diría que no.

El primer cambio tiene que suceder entre las personas que estamos impulsando la transformación. Al final, somos nosotros quienes queremos que ese espacio mejore, quienes vamos a disfrutarlo y quienes convivimos con lo que hoy le falta.

¿Cómo invitamos a otros a comprometerse si todavía no estamos dispuestos a poner nuestra parte?

Y poner nuestra parte no significa únicamente poner dinero. También significa dedicar tiempo, ofrecer trabajo, asumir una responsabilidad y cumplirla.

Empezamos con el ejemplo.

Eso empieza a hablar de nuestra voluntad, de nuestra capacidad de gestión y de nuestras ganas de hacer. Cada acción demuestra que podemos llevar una idea a la realidad, más allá de las reuniones.

Porque ideas siempre sobran; el desafío es hacernos cargo de que sucedan.

“Yo creo que…”, “A mí me parece que…”, “Se tendría que hacer…”. Son frases que escuchamos mucho. Y todas pueden abrir una buena conversación, pero necesitamos dar el paso siguiente.

Pasar del “se tendría que hacer” al “yo puedo hacerme cargo de esto”.

Opinar también es participar. Pero para que una idea transforme algo, alguien tiene que dedicarle tiempo, organizarla y llevarla adelante.

Ese es el cambio que necesitamos: que junto a cada propuesta aparezca también una pregunta personal:

¿Qué estoy dispuesto a aportar para que esto suceda?

Por eso, el plan de acción tiene que nacer adentro, entre quienes impulsan el proyecto. Ahí está el alma de cada plaza: en su gente, en lo que quiere construir y en el compromiso que está dispuesta a asumir.

¿Cómo empezamos?

¿Cada uno aporta lo que puede, sin condicionar su compromiso a cuánto ponen los demás?

¿Acordamos un aporte durante un período de tiempo y ahorramos para alcanzar un objetivo?

¿Elegimos una primera mejora pequeña que podamos concretar entre todos?

Cada comunidad tendrá que encontrar su manera, con acuerdos claros y posibles de sostener.

Eso también es ser el antimanual: entender que podemos compartir lo aprendido, pero cada plaza necesita construir su propio punto de partida.

Y para encontrar ese punto de partida, también tenemos que mirar nuestras propias costumbres.

Estamos muy acostumbrados a esperar que el cambio venga de afuera: del gobierno, de la municipalidad, del color de turno. Y mientras esperamos, criticamos.

Sí, hay quienes no cumplen con su trabajo. Hay decisiones mal tomadas y personas que no actúan de buena fe. Exigir que asuman sus responsabilidades es necesario. Pero hay una pregunta que también nos toca responder:

¿Y nosotros qué estamos haciendo?

¿Cómo nos involucramos? ¿Por qué dejamos que mejorar nuestra ciudad sea tarea de unos pocos? ¿Somos capaces de hacer un mea culpa o siempre encontramos a alguien más a quien señalar?

Podemos empezar por lo cotidiano. ¿Separamos nuestros residuos? ¿Los sacamos de forma adecuada? ¿Levantamos lo que deja nuestro perro? ¿Cuidamos la vereda, los árboles y la plaza?

¿Hasta dónde llega nuestro buen comportamiento? ¿Hasta la puerta de casa?

Porque muchas veces queremos una casa impecable, pero dejamos de sentirnos responsables apenas cruzamos el portón. Lo que pasa afuera parece ser problema de otro.

Y ese “afuera” es el espacio que compartimos todos.

Cuando empezamos a mirar desde ese lugar, entendemos que también participamos en aquello que criticamos, tanto por lo que hacemos como por lo que dejamos de hacer.

Las autoridades tienen obligaciones que deben cumplir. La participación ciudadana no las reemplaza ni las libera de ellas. Pero nosotros también tenemos una parte que asumir.

Podemos exigir y aportar al mismo tiempo.

Nuestra ciudad refleja las decisiones de quienes la gobiernan y los hábitos de quienes la habitamos. Refleja cómo convivimos, qué cuidamos, qué toleramos y de qué estamos dispuestos a hacernos cargo.

Por eso, transformar una plaza también implica revisar nuestra manera de habitar la ciudad. Dejar de preguntarnos solamente quién debería cambiar las cosas y empezar a preguntarnos qué podemos cambiar nosotros.

En Herminio, primero hicimos. Dimos un paso y demostramos que era posible.

Para empezar, alcanzó con que unos pocos nos comprometiéramos. Con el tiempo, fuimos muchos más los que aportamos para sostener lo construido.

¿Qué hizo posible que ese compromiso creciera?

La comunicación y la transparencia.

Contar qué estábamos haciendo, mostrar los avances, explicar qué faltaba y dar cuenta de los aportes recibidos y de cómo se utilizaban.

La confianza también necesita información.

Y no, no todo es color de rosas.

Cuando la comunidad crece, aparecen más miradas, más expectativas y también más diferencias. Atenderlas lleva tiempo, energía y trabajo. Convivir también es aprender a decidir juntos, incluso cuando no estamos de acuerdo.

Ahí es donde empezamos a entender para qué necesitamos un sistema: acuerdos claros sobre cómo presentar propuestas, debatirlas y tomar decisiones.

Las votaciones, incluso virtuales, pueden ayudarnos a resolver los asuntos que requieren una decisión colectiva y a que más personas participen. Definir qué se vota, cómo se vota y cómo se comunica lo resuelto vuelve el camino más claro para todos.

No necesitamos pensar todos igual para poder avanzar juntos. Necesitamos acordar cómo vamos a resolver nuestras diferencias.

En nuestra experiencia, somos más los que queremos ver el cambio. Algunos pueden involucrarse en el trabajo cotidiano; otros aportan dinero, conocimiento o tiempo. Y también están quienes acompañan, votan, cuidan y apoyan.

Esa participación es clave: cada persona necesita encontrar una manera posible de ser parte.

Como en cualquier comunidad, no vamos a darle el gusto a todos. Podemos escuchar, explicar las decisiones y abrir espacios de participación, pero no podemos garantizar que cada resultado coincida con lo que cada persona esperaba.

Nuestra responsabilidad es trabajar por el bien común, con criterios claros y cuentas abiertas.

La disposición a convivir, aceptar diferencias y reconocer lo construido también depende de cada uno.

Por supuesto que en este camino hubo miedo, dudas y desconfianza. No desaparecieron mágicamente. Avanzamos con esas preguntas, buscando respuestas en lo que íbamos haciendo.

Porque esperar a tener todas las certezas también tiene un costo: que nada empiece.

Cuando hay voluntad de hacer que las cosas pasen, empezamos a encontrar caminos. Y lo que logramos con nuestro primer esfuerzo se convierte en una razón concreta para que otros quieran acompañarnos.

Ese es otro aprendizaje de Herminio: empezar requiere iniciativa; sostener lo que crece requiere organización.

Hoy el desafío es darle continuidad a ese movimiento. Organizar lo aprendido, repartir responsabilidades y construir una forma de trabajar que pueda sostenerse en el tiempo, sin depender siempre de las mismas personas.

Ese es el sistema que queremos construir: uno que permita que la comunidad sostenga lo que la comunidad hizo posible.

Todavía lo estamos aprendiendo. Pero hay algo que nuestra experiencia ya nos mostró:

El movimiento genera movimiento.

Y para que un sueño empiece a ser de todos, alguien tiene que dar el primer paso.

Continuará…

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