
Empezamos por los niños.
Nuestro primer movimiento fue en el parquecito. Decidimos poner las fichas ahí porque sabíamos algo muy simple: detrás de los niños, vienen las familias. Si lográbamos que ellos quisieran volver a jugar en la plaza, empezaríamos a recuperar también un lugar de encuentro para todos.
Muchos creen que empezamos a lo grande. En realidad, empezamos con una donación particular y una decisión muy clara: lo que hiciéramos tenía que marcar un verdadero antes y después. Queríamos que el cambio se sienta al entrar, al jugar, al quedarse.
Nivelamos el área, cargamos arena lavada, pintamos el muro, reparamos y pintamos los juegos existentes. Esa primera intervención tuvo una inversión total de Gs. 3.500.000, proveniente de una donación particular. Fue también la primera puesta en marcha de algo que sería fundamental para todo lo que vino después: la confianza. Alguien creyó en la idea y nos ayudó a convertirla en un cambio visible.
Desde ese primer paso ya habíamos definido nuestra paleta de colores. Queríamos que cada nueva intervención formara parte de una misma identidad, que la plaza empezara a reconocerse también por esos detalles.
El primer paso fue un parquecito. Lo que empezaba a ponerse en movimiento era una comunidad.
Ese primer movimiento plantó una semilla.
Desde el principio, las redes sociales fueron clave. Necesitábamos contar que algo estaba empezando a pasar en nuestra plaza y llegar, sobre todo, a nuestros propios vecinos. Porque compartíamos un barrio, pero a muchos todavía no nos conocíamos.
Las pocas personas que frecuentaban la plaza empezaron a acercarse y a preguntar: ¿Qué está pasando? ¿De dónde vienen? ¿Esto tiene algo que ver con la política?
Cuando les decíamos que no, que éramos vecinas y que simplemente estábamos arreglando la plaza, les costaba creer.
Esa reacción nos mostró cuánto nos habíamos desacostumbrado a ver a alguien tomar la iniciativa por un lugar que es de todos. Antes de sumarse, muchos necesitaban entender qué había detrás.
Y detrás había algo tan sencillo como eso: ganas de volver a disfrutar nuestra plaza. Las redes nos ayudaban a contar y lo que empezaba a cambiar en el parquecito nos ayudaba a demostrar.

Y entonces, la gente volvió.
Lo que pasó fue increíble. El parquecito empezó a llenarse y nosotras mirábamos todo sin terminar de dimensionar lo que habíamos logrado. Esa idea que habíamos puesto en marcha ya era parte de la tarde de muchas familias.
Ver la plaza así nos llenó de una emoción difícil de explicar. Y esa emoción nos llevó a tomar la siguiente decisión: avanzar con el escenario. Queríamos que, pasara lo que pasara después, la plaza tuviera un espacio para llenarse de música y hacer honor al nombre de Herminio Giménez.
El diseño tomó forma con ayuda de ChatGPT; una arquitecta amiga se encargó de la obra y mi empresa, asumió la inversión.
Había algo que para mí estaba muy claro: si queríamos tocar puertas, primero teníamos que tocar la propia.
Y así nació el escenario. Con la emoción de ver volver a los vecinos y las ganas de darles más motivos para quedarse.

La plaza empezaba a convocar también a quienes querían aportar.
Para ese momento, la prensa ya nos estaba contactando y cada vez más personas se acercaban. Algunas se ponían a disposición; otras ofrecían algo que podía sumar. Empezábamos a escuchar una pregunta que nos llenaba de entusiasmo: «¿Cómo podemos ayudar?»
Así llegó el aporte de una vecina que, desde su empresa, donó las baldosas calcáreas que hoy también forman parte de la identidad de la plaza.
Esos detalles iban dándole un carácter propio al lugar. Cada aporte empezaba a dejar una huella, y detrás de cada huella había alguien que había decidido ser parte.

La historia empezaba a viajar más allá del barrio.
Ya teníamos el segundo espacio y, mientras seguíamos trabajando y contando cada avance en las redes, más personas y empresas se inspiraban y se acercaban para sumar.
El nombre de la Plaza Herminio Giménez empezaba a resonar fuera del círculo de nuestros vecinos. Lo que estaba pasando en ese rincón del barrio llegaba a personas que todavía no lo habían pisado.
Y eso se empezó a sentir al tocar nuevas puertas: muchos ya sabían de qué se trataba. Habían visto el parquecito, el escenario y a las familias volviendo a disfrutar la plaza.
Cada paso concreto nos ayudaba a dar el siguiente. La confianza crecía porque ya había algo que mostrar.
Podríamos seguir contando cada obra, cada aporte y cada encuentro. Pero si algo queremos que quede de esta historia es esto: dar el primer paso.

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